Al ser humano lo carcome la tendencia cara lo incondicionado, decía Kant. Y él mismo, embarcado en el sueño de la razón fue capaz de, a pesar de su inagotable potencial intelectual, ser tan permisivo consigo mismo como para llegar a enunciar los dudosos postulados de la razón práctica (inmortalidad del alma y existencia de Dios), que se me antojan un intento desafortunado del filósofo de conciliar su complejo y bello sistema con un legado heredado o quizás más bien progresivamente desheredado. Pues bien, a riesgo de caer en su mismo error, pero sin el peso de la responsabilidad que la edad y la formación confieren, me voy a permitir realizar mi propia incursión en el terreno de lo incondicionado. Sucede que, siguiendo tortuosos senderos, después de asimilar con fervor distintas teorías e ideas para luego cuestionarlas y derribarlas mediante la crítica despiadada, hay dos ideas, que en el fondo son una misma, que parecen haber superado todas las barreras, cristalizado en mi subconsciente a pesar de todo este afanoso trajín y que se desviven por ser escuchadas. Como todos los "eurekas" siento esta pseudo-revelación, que no es más que la constatación de lo que ya estaba ahí, inadvertidamente, como algo en parte ajeno a mis cabilaciones y por lo tanto difícil de traducir en palabras y exponer con cierto orden, aunque prometo tratar de plasmarlo de la manera más fidedigna posible.
¿En qué consiste pues esta idea, tan sencilla como compleja, abrigada con tanta prosa esforzada? No se me ocurre mejor manera de expresarlo que a través de una imagen; la imagen de un rostro sosegado que sonríe con serenidad, o cuya seriedad esconde una sonrisa interna, velada, como la del famoso retrato de Leonardo. Se trata de un curioso experimento alquímico, de una fusión armónica entre el rigor y el amor. Si uno se para a analizar cualquier acto de creación observará dos aspectos fundamentales que se entrelazan a lo largo del proceso; por un lado existe una energía creativa, la que motiva el acto en sí, una idea desfigurada, inspiración o impulso que mueve al ser humano a producir. Cabe destacar que cuando hablo de proceso creativo me estoy refiriendo a cualquier tipo de creación, y no exclusivamente al quehacer artístico; una relación personal profunda es también un acto de creación, una investigación científica o un proyecto filosófico, cocinar o incluso discurrir soluciones para desajustes mecánicos en cachibaches varios, un paseo cuando se hace con intención, todo ello puede convertirse en un acto de creación. Tenemos pues este impulso primordial que para mí no entiende de formas, el amor; pero existe, así mismo, un segundo actor fundamental en estrecha colaboración con el primero y del cual depende en buena medida el resultado final del proceso. Este otro personaje del drama sería la disciplina, el rigor, el esfuerzo y la constancia en el tiempo, vital para llevar la iniciativa a buen puerto y para extraer conclusiones que nos ayuden en futuras experiencias. Quizás sea "rigor" una palabra cargada de connotaciones cenizas pero lo cierto es que al servirme de ella no pretendo evocar ningún tipo de proceso mecánico e irreflexivo, ni mucho menos malcaradas, frígidas y severas institutrices vagando por aulas polvorientas, sino que busco más bien aludir a una clase especial de determinación que nos lleva a preocuparnos por el acto en sí, un respeto o responsabilidad totalmente desinteresada provocada por los propios elementos, procesos, fenómenos como realidades independientes y externas. El amor sería, por su parte, el combustible vital que nos vincula como individuos con ese acto creativo en el que estamos implicados. Esta seriedad sonriente de la que hablo no es más que un símbolo, por supuesto, pero es precisamente su valor evocador lo que más me inquieta pues podemos entenderla como la coordinación perfectamente sincronizada entre lo discursivo o analítico y lo emocional o vivencial, entre lo consciente y lo subconsciente, entre lo formal y lo esencial, entre lo racional y lo empírico, entre ley y flexibilidad, determinismo y libertad. Por todo ello la idea persiste en mi imaginario como una pequeña obsesión; una enigmática sonrisa que guarda entre sus labios un secreto, quizás un elixir definitivo y trascendental.
Y es que si he expuesto la idea a través del análisis de los mecanismos creadores es precisamente porque considero que es nuestra propia vida el mayor proceso creativo en el que estamos embarcados; aún si no la consagrásemos a ninguno de los propósitos convencionalmente categorizados como "elevados", todos seguiríamos teniendo el derecho a aspirar a la belleza, a buscar la armonía, la felicidad que emana no de lo que hagamos en sí, sino de que lo hagamos aplicando esta curiosa fórmula alquímica. Nadie encontrará nunca una respuesta universal al recurrente interrogante sobre el sentido de nuestras vidas, y si admite haberlo hecho será a todas luces un iluso, precisamente porque por el hecho de ser libres, es a nosotros a quien corresponde como individuos encontrar un rumbo y un destino (o varios), guiados por ídolos lejanos o rodeados de almas afines, siguiendo impulsos íntimos o adaptándonos a lo circunstancial cuando las necesidades más primordiales se vean amenazadas, cuando flaquee la voluntad. Sin embargo, creo que esta persistente idea tiene la fuerza suficiente como para adquirir el estatus de un verdadero incondicional, casi de un imperativo moral; Sólo a través del diálogo entre rigor y amor se alcanza la felicidad más serena, la iluminación más bella, pues se trata de un diálogo armónico, que como todo lo que en verdad importa reside a partes iguales en nosotros mismos y en el propio orden de la naturaleza. Hay rigor en la tremenda diversificación de la vida en el planeta, en los complejos procesos biológicos, en las intricadas estructuras matemáticas que todo lo ordenan; pero también hay amor en esas afinidades ocultas, en la maravillosa unidad de todo lo existente, que a pesar de presentar una diversidad tan llena de matices, colores y texturas sigue funcionando ordenadamente, manteniendo una ininterrumpible comunicación interior, permaneciendo cohesionado y a la vez en constante movimiento; ejemplificando por lo tanto la paradoja de una unidad (amor) que se fundamenta en la riqueza, variedad y dinamismo (rigor), una paradoja que Ortega y Gasset aplica a Europa en el Prefacio para Franceses de la Rebelión de las Masas, pero que yo me atrevería a extender a todo lo existente y por cuya aceptación pasa sin duda alguna cualquier anhelo de paz interior.




