I.
Es notable observar cómo una idea que es, en su esencia, la misma puede adoptar las formas más diversas, disfrazarse o maquillarse, transformarse y enmascararse en un carnaval infinito. No es necesario tener conocimientos exhaustivos de ninguna materia concreta para poder verificar este hecho fundamental, tan sólo capacidad de síntesis o intuición, habilidad para trascender las formas externas, las menudeces. Uno observa los patrones de comportamiento humano y salta a la vista que hay modelos psicológicos que se repiten, relaciones análogas, y casi se atrevería uno a reducir todo ello a un abanico limitado de posibilidades sometidas a los avatares de la combinatoria y el azar. La tentación es fuerte pero no hay que olvidar que todos los intentos reductistas que aspiran a un absoluto acaban irremediablemente en fracaso por dos motivos básicos; es imposible abarcar toda la experiencia y variedad humana desde el reducido radio de acción que la individualidad permite y por otra parte existe, creo yo, un ínfimo margen (aunque no por ello menos desdeñable) para lo impredecible. He elegido como ejemplo el ámbito de la sociología y la psicología, quizás por ser de los más significativos, pero igualmente se podría acudir a cualquier otro campo del conocimiento, cualquier otra ciencia o arte. En la historia podemos encontrar una serie de principios y dinámicas que a grosso modo guían el devenir de los hechos y que reaparecen a lo largo del tiempo adaptándose a los distintos contextos históricos, a las particularidades y contingencias. En la filosofía, así mismo, uno puede retroceder hasta donde los registros escritos permitan y observar la evolución de las ideas hasta hoy para constatar cómo, aunque estas crezcan en complejidad, se depuren y se combinen con otras con el paso de tiempo, aborden nuevos interrogantes y campos, los principios (las motivaciones, los niveles mentales en los que es necesario moverse, la tonalidad emotiva) que las sustentan son recurrentes; ya alejándonos de lo exclusivamente humano, en la propia evolución se observa como las especies, siguiendo trayectorias complicadas y partiendo de puntos de origen diversos acaban por converger mayoritariamente en una misma solución evolutiva ante una nueva necesidad provocada por una alteración en el medio. En la física los investigadores han sido capaces de enunciar leyes o principios a partir de experiencias concretas cuya vigencia se extiende más allá del caso singular y que son capaces de abarcar distintas casuísticas (y en algunos casos esas leyes adquieren incluso la categoría de universales). Las matemáticas engloban un conjunto de ciencias que son por definición estructurales y esencialmente abstractas y por lo tanto son el mejor testimonio, el mejor argumento en sustento de esta tesis (que es, así mismo, tesis de sí misma, en cuanto que esta idea, la idea de los universales, la idea de la existencia de las "Ideas", recorre todo el pensamiento humano desde Platón- o incluso antes- hasta nuestros días adoptando evidentemente formas muy diversas, desarrollándose de modo diferencial). No es necesario por lo tanto acudir en busca de más ejemplos pues es evidente que se pueden identificar esencias y principios subyacentes a la variedad de lo existente en absolutamente cualquier ámbito, en el análisis de mecánicas naturales en su aspecto dinámico (en cuanto que se analiza la alteración de un fenómeno en función del tiempo) e incluso en lo estático (pues aún diseccionando una película de realidad encontramos de nuevo sistemas, ordenaciones) y por supuesto en nosotros mismos.
Esta idea, enunciada de mil y una formas, ha sido utilizada y es utilizada aún hoy día por diversos pensadores como prueba de la existencia de Dios. Lo cierto es que si por Dios entendemos "orden" en ese caso no puedo más que corroborar sus postulados, aunque lo cierto es que es mucho más económico y preciso utilizar conceptos menos equívocos, pues el vocablo "Dios" es comprendido de modo muy diverso por las distintas comunidades e individuos. Del mismo modo hay una facción dentro del "ateísmo", una suerte de sofismo, de escepticismo radical, cuya piedra angular es la supuesta incapacidad del ser humano para acumular conocimientos de ningún tipo, para elaborar teorías de cualquier índole. Esa limitación vendría de la mano de una metafísica y una epistemología en la que no se trasciende la variedad formal de la sensibilidad y no se admite por lo tanto la existencia de ningún tipo de universal y se entiende el todo como un conjunto infinito de particulares que interaccionan regidos por un azar caprichoso. Pues bien; es esta última concepción del mundo, que en muchos casos conlleva un vitalismo un tanto absurdo y patéticamente desesperanzado, un cinismo que se cree sofisticado, y una anarquía intelectual que no es más que postureo, contra la que creo que hay que estar especialmente alerta. A lo largo de mi corta existencia no he podido acumular muchas certezas incuestionables pero sin duda hay una, sólo una, de la que nunca nadie me podrá desproveer; la existencia de la Verdad tal y como lo he expuesto al comienzo de este texto. Es decir, nuestra capacidad para discernir formas y patrones comunes dentro de la espesa maraña de lo diverso y, por lo tanto, la existencia de estas formas y patrones de por sí independientemente del cifrado, del procesamiento lingüístico al que las sometamos. Y ante este axioma hay que mostrar la más radical de las intransigencias pues quien a él se opone es probable que adopte esta postura por motivaciones políticas o personales dejando así que la mezquindad pisotee a la franqueza de modo desvergonzado y descorazonador.
Continuando por esta senda y ampliando el alcance de la idea creo necesario llevar aún más lejos mi osadía y afirmar que la más grande de las falacias, el mayor de los obstáculos en la búsqueda del saber es la compartimentación de los conocimientos. El desarrollo tecnológico y científico de los últimos siglos ha supuesto, entre otras cosas, un aumento exponencial de la velocidad de expansión de los saberes; de todos los saberes. Como una madreselva furiosa, el pensamiento humano ha comenzado a crecer y a enredarse de una manera prodigiosa. Por otra parte, el nacimiento de la informática nos ha permitido y nos permitirá ordenar, clasificar y almacenar ingentes cantidades de información sin mediación de nuestra propia memoria. Sin embargo, las capacidades cognitivas e intelectivas medias del ser humano no parecen haber seguido el ritmo de tan vertiginosa eclosión. Sucede pues que, hoy día, nuestras pequeñas mentes se encuentran más indefensas e insignificantes que nunca ante sus propias creaciones aunque la necesidad de sintetizar los conocimientos, de interconectarlos, no ha dejado de ser menos apremiante de lo que lo fue siempre. Es más, quizás ésta sea mayor que nunca; la compartimentación de los saberes y la especialización que ello conlleva en la vida profesional es un arma de doble filo. Puede que nos permita realizar nuevos descubrimientos o aportaciones en un campo particular y por lo tanto contribuir a la ceba del grandioso monstruo cultural pero corremos el riesgo de caer en la ceguera de la ordenada hormiga, del irreflexivo cabo raso, realizando nuestras tareas con diligencia sin acabar de comprender ni una millonésima fracción de los complejos en los que uno mismo está integrado, sin acabar de percibir la belleza de lo oculto. Es necesario por lo tanto huir de la endogamia cultural y tratar de trascender etiquetaciones e itinerarios cercados para así expandir las fronteras de nuestra libertad. Porque, aunque ello se nos escape, existen afinidades inesperadas y deliciosas entre las ciencias de toda clase, las artes y las experiencias cotidianas aparentemente más dispares y para mí es esta poesía de la existencia lo más elevado y más sobrecogedor. Del mismo modo que en una sola célula puede estar implícito el código genético de todo un ser, idéntico en todas sus células independientemente de sus funciones, estoy convencido de que es en este tipo de hermandades insólitas donde se encuentran las revelaciones más esenciales. Quizás persiga una quimera y se trate esto de una búsqueda abocada al fracaso, como la de Grenouille en el Perfume, pero si uno analiza las cualidades de esas grandes figuras alabadas unánimemente en las cumbres de todos los saberes, veneradas y temidas como si sus logros de brujería se tratasen, se dará cuenta de que todas ellas sentían interés por campos distintos y practicaban seguramente un pensamiento interdisciplinar, por definirlo de algún modo; hagamos pues del surrealismo una ciencia.